
El gigante de
Paruro, que posee toda la fuerza y dignidad de una estatua monumental,
es una
imagen captada por el fotógrafo peruano Martín
Chambi, quien, en sus largos
recorridos por los Andes y llevando a lomo de mula su cámara
de placa de vidrio,
supo fijar en un instante preciso, como todo buen poeta de la luz y la
sombra,
imágenes que provocaban un cierto vértigo entre
nuestra realidad y la suya,
entre la creación y la contemplación.
Además, el artista que dibuja con la luz
los objetos y las formas, está consciente de que todo lo que
recoja su
sensibilidad visual no es otra cosa que el reflejo de su mundo interior.
Martín Chambi
hizo posar al gigante de Paruro al lado del mestizo de traje y gomina,
para
luego retratarlo tal cual estaba. Miró a través
de los lentes y presionó el
obturador. Y, tras el clic de la
máquina, la fotografía se compuso en un instante
mágico. Más tarde, en la fría
penumbra del laboratorio y sus alquimias, la imagen del gigante de
Paruro quedó
fija sobre el papel, con todo su poder de sugerencia.
El impacto de la
fotografía, que sintetiza la realidad contradictoria del
continente
latinoamericano, me devolvió a épocas remotas y a
esos temibles mitos
relacionados con la existencia de seres gigantescos, que los piratas de
alta
mar contaban en los puertos del Viejo Mundo. De ahí que el
cronista italiano
Antonio Pigafetta, quien navegó por las costas del
Atlántico junto a las
huestes de Fernando de Magallanes, escribió que los
expedicionarios se
encontraron con indios gigantes en la región meridional del
continente
sudamericano, con personajes que hablaban con voz de toro y
tenían el cuerpo y
la cara pintados de rojo, a quienes, por su impresionante estatura, los
llamaron los patagones, pues se decía que eran tan altos y
fornidos, que ni el
más alto podía llegarles a la altura de los ojos
sino montado sobre el caballo.
El gigante de
Paruro tiene la cara alargada, los pómulos prominentes y
quemados por el sol y
el frío, los ojos irradiando los cinco siglos de
opresión y menosprecio al
indio, la nariz firme y aguileña, los labios carnosos,
entreabiertos, y el
mentón más amplio que la frente; lleva el poncho
plegado y la chompa como un
andrajo; tiene una mano nudosa apoyada sobre el hombro del mestizo,
quien lo
mira desde abajo, y la otra mano, donde las venas parecen lazos
enraizados en
su piel, sujetando el infaltable lluch’u*,
que seguramente se lo calaba hasta más abajo de las orejas
para protegerse del
frígido soplo del altiplano; sus abarcas, cuyas delgadas
suelas parecen aplastadas
por el peso de su cuerpo, no tienen hebillas sino tiras que cruzan por
entre
los dedos y se amarran a la altura del tobillo. Sus pantalones de
bayeta, en
realidad, no existen, puesto que de tanto remiendo parecen un solo
remiendo.
Con todo, así como están, me
recuerdan al aparapita y a Jaime
Sáenz (el viejo
comealmas), el poeta surrealista boliviano que,
en sus noches de
bohemio, frecuentó el submundo de los aparapitas,
intentando beber como ellos, con ellos, dos litros de alcohol por
día, puesto
que estos personajes enigmáticos, acostumbrados a comer la
sopa de perejil con
la cara contra la pared y lejos de las miradas indiscretas de la gente,
no sólo
le fascinaban porque viven en íntima relación con
los toneles de aguardiente,
sino también por su modo de vestir, pues el saco del aparapita, como los pantalones del
gigante de Paruro, es una
verdadera confección del tiempo y no del sastre. Aunque la prenda
existió en algún momento,
fue desapareciendo poco a poco, según los remiendos iban
cundiendo hasta
aumentarle el peso con relación a su espesor. De modo que
los pantalones del
gigante de Paruro son una suerte de hilo sobre hilo y tela sobre tela.
Sin embargo, lo
que deja perplejo de está imagen no es tanto la vestimenta
del indio como el
impacto irresistible de su estatura, que a él
sabría causarle un complejo de
elefante, mientras a sus admiradores una curiosidad insondable, pues
ver a un
indio gigante, retratado gracias a los misterios de la luz, es siempre
un golpe
certero contra la percepción de la vista y un modo de constatar que, a veces,
los personajes
creados por las aventuras de la imaginación son superados
por la realidad
contundente.
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Aparapita: Indígena
aymará que trabaja como cargador en las ciudades de Bolivia.
Lluch’u:
Gorro de lana. Prenda de abrigo para la
cabeza.