He pensado varias
veces en el significado cabal de este cuadro de Edvard Munch, el pintor
noruego
que nació diez años después que
Vincent van Gogh y veinte años antes que Franz
Kafka. Lo he mirado de arriba a abajo, de izquierda a derecha, de
anverso a
reverso, y no he encontrado más que una profunda
melancolía hecha a brochazos y
una rara sensación de que su personaje, de espaldas al
espectador, huye hacia
un rumbo desconocido, sin revelarnos su rostro ni su nombre.
Desconozco las
circunstancias en que se pintó este cuadro y las razones que
motivaron a su
autor a plasmarlo en este lienzo, conservado en una
colección privada de
Bergen. Sin embargo, de entrada, debo confesarles que me
bastó mirarlo una sola
vez para comprender que este cuadro expresionista, que refleja la
conciencia
atormentada del hombre contemporáneo, es la
radiografía de mi mundo interno,
pues, desde que tengo uso de razón, no recuerdo otra cosa
que la melancolía y
la soledad que marcó mi vida; más
todavía, cuando contemplo detenidamente los
detalles de este cuadro, donde el espectador siente el
hálito desgarrador de
una tragedia nacida del mismo hecho de existir, me reconozco en ese
hombre
solitario, sombrero alto y abrigo negro, que avanza en
dirección opuesta a los
demás, como un pez extraño que nada contra la
corriente, desafiando a las
fuerzas naturales y desobedeciendo los dictados de la
razón.
Así como este
personaje, que eligió el camino de la soledad en medio de
una aureola de
misterio que envuelve su vida -y que lo
acompañará hasta la sepultura-, me he
sentido varias veces, hasta que me hice escritor de cuentos tristes,
consciente
de que la soledad, más que ser una especie de enfermedad
letal, es una suerte
de libertad, aunque esta afirmación le extrañe a
más de uno.
Soy perfectamente
capaz de pasarme días enteros solo, encerrado en un cuarto y
entregado a la
satisfacción que me proporciona la lectura ininterrumpida o
a la simple manía
de escribir, por la sencilla razón de que la soledad,
elegida voluntariamente,
es también un modo de existir y disfrutar de la felicidad,
puesto que el
silencio, como el sosiego, constituye un elemento indispensable en el
proceso
creativo, sobre todo, si uno se siente incapaz de escribir en medio del
mundanal bullicio y el ajetreo desmedido de la gente.
Tantas veces he
mirado este cuadro, donde desfilan los arquetipos de la angustia y la
desolación humana, tantas veces me he encontrado conmigo
mismo y con esa
soledad que parece un círculo imposible de cuadrar o una
metáfora imposible de
descifrar. Y, aunque a ratos me he preguntado el porqué de
esta inclinación hacia
el silencio y la marginación, llegué siempre a la
misma conclusión: creo que
tuve una infancia muy triste, muy hermética. Hasta los 12
años fui de una
timidez patológica y mi adolescencia estuvo poblada de
pesadillas y
alucinaciones desbordantes. De ahí que gran parte de mi obra
refleja tragedia,
pues casi todos mis personajes están condenados a la muerte.
Ninguno sobrevive
como los héroes de la literatura clásica, donde
el personaje, luego de vencer
los obstáculos que le plantea la vida real o la ficticia,
viven felices por el
resto de sus días. En mi literatura, por el contrario, no
hay príncipes ni
bellas durmientes, sino una serie de personajes atormentados que nos
miran y
sonríen desde otro lado de la vida. Tal vez por eso, mis
textos son una suerte
de delirio o un grito que se alza desde el fondo del alma. No obstante,
como
todo escritor cuya literatura está motivada por una
necesidad interior
irresistible, sigo construyendo puentes imaginarios por donde transitan
los
personajes reales y ficticios que pueblan mi vida, y que, una vez
fermentados
en los sueños, se aparecen fantasmagóricamente
entre las líneas de todo cuanto
escribo.
Debo afirmar, sin
resquicios para la duda, que mi infancia determinó el curso
de mi vocación
literaria, mi dislexia en la lectura y la escritura inicial y, por
supuesto, mi
carácter hosco y huidizo, pues aun teniendo inclinaciones
políticas y pasiones
sencillas como la gente corriente, he sido uno de esos seres que van
por el
mundo huyendo del mundo, con una timidez hasta extremos inimaginables.
Con el
transcurso del tiempo, me convertí en un experto en el arte
de huir de los
demás, aquejado por una fobia a las aglomeraciones
públicas y al avispero de
voces. Quizás por eso, los escritores y artistas que viven
recluidos en la
soledad me seducen apenas entro en contacto con sus obras, como con
este cuadro
de Edvard Munch, quien, aferrado a otro tiempo y lugar, parece
recordarme que
uno es profeta de la soledad en su soledad.
Por suerte, en el
largo túnel del silencio, me sentí
acompañado por las obras de Borges, Onetti,
Pessoa, Rulfo, Joyce, Kafka, Proust, Beckett, Saenz y por tantos otros
que
eligieron vivir en un mundo hecho de imágenes y palabras,
donde la soledad
heterónoma, además de alcanzar una
dimensión metafísica, revela los misterios
de la vida, de la muerte y, por qué no, del amor, puesto que
tanto sus vidas
como su obras exaltan los laberintos sin salida, por donde vagan esos
seres
complejos que, desde un principio, están destinados a vivir
entre las brumas
del misterio y la marginalidad. Me estoy refiriendo a esos autores que,
incluso
al final de sus vidas, se enfrentan solos a la muerte, y que, alejados
de las
falsas adulaciones, prefieren que hasta su entierro sea un acto
absolutamente
privado, sin grandes ceremonias ni discursos a su memoria.
Con todo, este cuadro de Edvard Munch, que representa la periferia en el centro, me devuelve la confianza de que a veces vale la pena avanzar contra la corriente.