Tú, yatiri
aymara, eres el testimonio vivo, mágico y palpitante de una
cultura milenaria;
eres el sabio, curandero, adivino y líder espiritual de tu
ayllu*, cuyas tradiciones y
conocimientos,
probados en actos rituales mágico-religiosos, te fueron
transmitidos de
generación en generación y de boca en boca.
Tú, apocalípticamente
colosal y absorto en
Visto de cerca,
pareces un aparapita metido a tata yatiri, pues
tienes los pies
descalzos, los pantalones remendados y el poncho que, más
que poncho, es un
harapo tendido sobre tus hombros; luces el rostro barbado, la melena
desgreñada
y el porte de un marinero en tierra, y, aunque tienes hincada una
rodilla y la
espalda encorvada como un arco, no posees el aspecto de un
indígena aymara
—orgulloso de su raza—, sino la apariencia de un
criollo que aprendió a leer
los misterios del universo en las hojas de la coca.
Tú, yatiri
aymara, conoces el origen y el destino de la coca, como el hombre
conoce el
anverso y el reverso de la mujer amada, pues según cuenta la
leyenda, las hojas
de la coca son los residuos de una doncella presumida, quien
solía burlarse del
amor de los hombres a poco de ofrecerles su cuerpo y sus encantos.
Entonces los
yatiris y amautas, en su afán de evitar que los hombres
perdieran la cabeza y
se quitaran la vida lanzándose al precipicio, solicitaron la
muerte de la
doncella, cuyo cuerpo fue seccionado y enterrado en los descuelgues del
macizo
andino. Al cabo de un tiempo, en esos mismos lugares donde fueron
enterrados
sus despojos, brotaron unos arbustos que tenían la propiedad
de adormecer la
mente de los hombres, aliviar las penas del alma y mitigar la sed y el
hambre.
Así es como los hijos del Sol empezaron a masticar y extraer
el jugo de las
hojas de la coca, no sólo con fines ceremoniales,
medicinales y recreativos,
sino también con el propósito de rendirle culto a
En ti se
deposita, desde tiempos inmemoriales, el cofre de los secretos de tu ayllu;
representas la verdad y la justicia, y eres el hijo pródigo
que vive invocando
a las deidades de la teogonía andina: al Tata-Mallku
y los espíritus
protectores del Alaxpacha; a
Tú, conocedor de
medicamentos caseros, eres capaz de curar al enfermo desahuciado por
las
ciencias médicas y devolverle el sentido de la
razón a quien la perdió en el
laberinto de un amor no correspondido. Sólo tú
sabes que la curación, aparte de
ser un rito y un acto litúrgico, es un nexo entre lo natural
y lo divino.
Aunque tienes una
visión aldeana del mundo, porque crees que su eje
está en tu marka, no
te cansas de recorrer de pueblo en pueblo, cargando al hombro tu wallqepu,
donde
llevas la coca, las plantas medicinales y las piedras
mágicas que vas
recogiendo a lo largo del camino. Usas esas piedras de diversos colores
y
tamaños como talismanes para liberar el alma de quienes
están sometidos a los
maleficios de las artes ocultas de brujos y hechiceros, y para atraer
sobre los
sueños toda clase de bienes y venturas materiales y
espirituales.
Por si no lo
sabías, el artista que te retrató
respondía al nombre de Arturo Borda (
Algunos dicen que
lo vieron compartir la misma botella con los aparapitas
de la ciudad, en
tanto otros aseveran que lo vieron deambular con un aspecto deplorable,
que
cualquier hijo de vecino podía confundirlo con un andariego
de la limosna. Sin
embargo, casi todos coinciden en señalar que ese artista,
tenido injustamente
por loco, era más cuerdo que el Sancho de Don Quijote y
más decente que un
caballero de capa y sombrero, pues el hecho de querer indagar los
misterios de
la luz y la oscuridad no es un acto de locura sino de genialidad.
En 1919, con el
dinero que consiguió vendiéndote a una dama de
regular fortuna, viajó a Buenos
Aires con la ilusión de exponer y vender sus cuadros en las
galerías porteñas.
A su retorno a Bolivia, frustrado por algunos intermediarios,
empezó a
abandonar los pinceles y la paleta para retomar la pluma y el papel,
que, en
veinte años de silencio y aislamiento voluntario, le
permitieron re-crear su
obra literaria El Loco, que no es la criatura del
alma de un perturbado
mental, como parece sugerirlo el título, sino la
confesión de una mente lúcida
que se adelantó a la mediocridad de sus
contemporáneos.
Es imprescindible
leer El Loco, que
Así pues, yatiri
aymara, el artista que te retrató fue un hombre de buenos
quilates, como deben
ser los grandes talentos que hacen de su vida una obra de arte, a pesar
de
vivir asediados por la incomprensión y la ignorancia. Si me
preguntas cómo
murió, la respuesta es categórica:
falleció de un modo trágico, después
de
haber ingerido ácido muriático, más
por equivocación que por un acto suicida,
en estado de ebriedad.
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Achachila:
Espíritu ancestral, divinidad encarnada en las
montañas.
Akhapacha:
Suelo, aquí, este lugar.
Alaxpacha:
Cielo, espacio indefinido donde se mueven los astros.
Ayllu:
Familia extensa, grupo consanguíneo, comunidad
andina.
Aparapita:
Cargador indígena.
Manqhapacha:
Subsuelo, adentro, interior.
Marka:
Caserío, aldea, pueblo de corto vecindario.
Pachamama:
Madre tierra.
Supaya:
Demonio, diablo.
Tata-Mallku:
Jefe, noble, distinguido.
Yatiri:
Adivino, vidente, el que sabe.
Wallqepu: Talega de lana, bolsa pequeña usada por los hombres para llevar coca.