En el Hotel
Xinqiao de Pekín, buscando tarjetas postales para enviar a
los amigos, encontré
ésta que me impactó a primera vista, tanto por su
carácter documental como por
el motivo que representa.
Cuando le
pregunté al catedrático de Estudios Sociales de
Yiking, Yuang Zhonglin, quiénes
eran estas mujeres que cargaban la tabla de reo alrededor del cuello,
me miró
sorprendido y contestó: Son prisioneras condenadas a la pena
capital por
delitos graves. Las paseaban por las calles y las exhibían
en las plazas, con
el fin de castigarlas en público y establecer un escarmiento
en medio de una
muchedumbre que las repudiaba a gritos. Después eran subidas
a carretas tiradas
por caballos y transportadas al desierto de Mongolia, donde les
esperaba una
muerte lenta pero segura.
Guardé la tarjeta
en el bolsillo y, sin lograr salir de mi asombro, pensé en
el destino fatal de
estas mujeres que, abandonadas entre las dunas arremolinadas por el
viento, no
encontraban un horizonte que ponga fin a su calvario, hasta que la sed,
el
hambre y el calor terminaban por arrojarlas en los brazos de la muerte,
que se
encargaba de esparcir los huesos bajo el asfixiante sol del desierto,
como
únicas señas de que por allí vagaron
alguna vez almas vivientes.
Cuando retorné a
Estocolmo, con la tarjeta metida entre las páginas de un
libro, seguí pensando
en estas mujeres, cuyos delitos fueron penados de la manera
más drástica por
las leyes aprobadas por la dinastía china y su
séquito de tiranos; un código
penal que por suerte se derogó en 1911, tras la
caída del ultimo emperador y la
instauración de
Hace unos días
atrás, al volver a mirar la tarjeta que cayó del
libro como hoja suelta, se me
ocurrió la idea de reconstruir los hechos.
*
La mujer de la izquierda era
prostituta. Los guardias del orden público,
sujetos a sus atribuciones de autoridades y en atención a
las denuncias de los
vecinos, la detuvieron en una calle céntrica y,
cogiéndola por los brazos y sin darle mayores explicaciones, la
llevaron hacia instancias superiores para que recibiera su castigo como
cualquier mujer de dudosa virtud.
Aunque algunos la
confundían con esos seres que pasaban las noches en la misma
calle, donde
establecían un simulacro de vida doméstica, era
una de esas mujeres que
abandonó el ámbito rural para ganarse la vida en
los vericuetos de la ciudad.
Mas al quedar embarazada con un hombre que desapareció nueve
meses más tarde,
justo cuando ella había roto aguas y sufría los
dolores del parto, buscó
refugio entre los seres marginales que habitaban en los submundos,
amparados en
la delincuencia y el alcohol. En ese antro nació su hijo y
allí empezó a
ejercer la profesión más antigua de la historia,
ofreciendo la dignidad de su
cuerpo al mejor postor; motivo suficiente para que le aplicaran la pena
máxima,
sin considerar que no lo hacía por gusto, ni por vicio, sino
por llevar el pan
diario a la boca de su hijo.
**
La mujer del
centro era adúltera. Se entregó a un amor
prohibido y rompió con los cánones de
las buenas costumbres conyugales, pues no supo medir a tiempo las
consecuencias
de sus deseos ardientes.
Todo comenzó con
una frustración por la impotencia de su marido, quien
tenía la misma edad que
su padre y desprendía un olor repugnante que se impregnaba
hasta en los
muebles. De modo que, aprovechando las ausencias de su marido, se
enganchó a un
amante joven, quien la sedujo con lisonjas y fuerza viril. Ella
sabía que un
hombre en la plenitud de su vida era el único que
podía reavivar las llamas de
su amor incontenible y cumplir con las obligaciones sentimentales de su
pareja.
Cierto día,
según
se supo después por boca de los vecinos, el destino le
tendió una emboscada, ya
que su marido, director de una construcción en una cuadra
cercana, regresó del
trabajo más temprano que nunca, con la misma
ilusión de encontrarla sentada en
la cocina. Mas su sorpresa fue mayor, cuando la encontró
desnuda y haciendo el
amor en la cama. La mujer se cubrió las vergüenzas
con la manta de seda y su amante
salió raudo y veloz, golpeándose los hombros en
los marcos de la puerta.
El marido, con el
rubor en la cara y el llanto en los ojos, dio parte a los guardias del
orden
público para que procedieran en el asunto, consciente de que
el adulterio, a
excepción del homicidio, era el mayor pecado que una mujer
podía cometer en una
cultura patriarcal, donde sólo el emperador tenía
derecho a disfrutar de una
esposa y varias concubinas.
La esposa infiel,
cuyo matrimonio no estaba basado en el amor sino en las tradiciones
familiares
de la época, se entregó a las autoridades sin el
menor arrepentimiento y
convencida de que los sentimientos van por un lado y las leyes de la
justicia
por el otro.
***
La mujer de la
derecha, que tiene la mirada clavada en el suelo y el
corazón encogido de
angustia y dolor, cometió un horrendo crimen, opuesto a toda ley natural, divina y humana.
El hecho
sangriento, superando con creces a la tragedia de Medea, se
registró en el seno
de un hogar donde el esposo, según los testigos y alegatos,
celaba
constantemente a su mujer, a quien acusaba de meterle cuernos
con unos y con
otros, hasta que un día, al cabo de protagonizar
una trifulca de pareja, el
esposo le gritó que la niña no era su hija.
Entonces la mujer, ajena de sí
misma y dominada por una furia salvaje, enterró el machete
en el frágil
esternón de la infanta, quitándole la vida de
manera fría y brutal.
Su esposo,
sobrecogido por la visión implacable, alarmó a
los guardias y aseguró que el
móvil del asesinato no fue sus celos ni sus constantes
calumnias, sino la
propia conducta desvariada de su esposa, quien hablaba por las noches
como
poseída por el demonio.
Entretanto ella,
presa del pánico, envolvió el cadáver
en frazadas y otros envoltorios, y lo
acomodó en posición fetal dentro de un canasto de
bambú. Roció la casa con
combustible y le prendió fuego, dejando que las llamas
devoraran la vivienda.
Cuando los guardias llegaron al lugar de los hechos, se enfrentaron al
cuerpo
carbonizado de la niña, quien yacía entre los
escombros, y a una mujer que,
arrancándose los cabellos de cuajo, lloraba en medio de la
calle.
La parricida, con
el aspecto de quien ha perdido la razón, fue detenida y
conducida hacia los
tribunales, cuyos magistrados, al constatar que se trataba de uno de
los
crímenes más crueles cometidos durante el
último emperador chino, le aplicaron
la pena capital sin contemplaciones y con todas las agravantes del
delito.