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Volvían por los caminos
deshechos de tanto llover. Nadie les había indicado la dirección que debían
haber tomado para llegar a la aldea, así fue como se guiaron por el soplo del
viento, los perfumes olvidados de algunas flores, y el vuelo oblicuo de los
pájaros nacidos en la última primavera.
Gritaban
señalándolos: ¡pájaros!,
¡pájaros! cual los niños pequeños que
están aprendiendo a hablar.
De lejos,
los escuchaban los sapos escondidos en el pasto, las cuncunas que deslizaban sus
abrigos bordados de seda anaranjada y manchas negruzcas. Nadie podía decirles si
avanzaban por buen camino. Habían torcido por uno sembrado de rocas y piedras
esparcidas.
Cuando el
día empezó a declinar, los más ancianos se sentaron en uno de los recodos de
aquella ruta empedrada y los más pequeños se acurrucaron en las rodillas
maternas o en el hueco de un hombro varonil. Los pájaros cerraron sus alas y
desaparecieron en algún nido invisible entre las ramas de los
árboles.

La noche
tendió su manto de terciopelo negro y en el silencio del infinito las estrellas
temblaron, lejanas, inalcanzables. El cielo indicaba que el invierno se había
alejado hasta la próxima estación.
Llegó el
tiempo de las campiñas resecas, con sus árboles torcidos de tanto inclinarse
buscando una posible presencia líquida en el subsuelo. Las raíces amenazaban
quedarse retorcidas para siempre en el vientre de la tierra si la gota de agua,
la única que hubiesen querido acoger en aquel tiempo de aciagos y angustias, se
negaba a brindarles aunque fuera una pequeña sonrisa de su
frescura.
—¿Y qué
más abuelo...? —preguntaban los niños anhelantes, encogidos en sus ponchos,
mascando una cáscara marchita de naranja seca al borde de la
lumbre.
—Pues
decía que aquellos eran tiempos infaustos. Los más turbios y penosos que me
había tocado vivir. Nunca habíamos visto en el pueblo, aquella muchedumbre de
mosquitos que atacaban a cuanta persona, animal o cosa se les pusiera por
delante. No, nunca —agregaba en un murmullo, moviendo la cabeza para dar más
vigor al relato.
—¿Y,
después?... ¿qué pasó con el grupo de campesinos que seguían a los pájaros,
abuelo?
—¡Ah!
Ellos se fueron adentrando cada vez más en las faldas de las montañas. Allí,
alguien dice que les vio encaramados en los árboles, como queriendo imitar a los
pájaros, pero éstos seguían volando, sin escuchar sus gritos, ignorando a los
hombres que también hubiesen querido acompañarlos en la búsqueda del precioso
líquido. Y así fue como llegaron el trueno y el viento. Los dos compadres que
galopaban para alcanzar las primeras gotas que una nube lejana les había
prometido, a cambio de un tesoro. Un gran y único tesoro, el que yace aún
escondido desde los tiempos remotos en que de las aguas saladas del mar,
surgieron los primeros hombres que brillaban como la luz del sol y de la
luna.
—¿Y cuál
era ese tesoro, abuelo?
—¡Oh!,
nadie lo ha podido contemplar aún. Pero así lo contaron las golondrinas, quienes
se lo contaron a las ramas de los árboles, y aquellas, habladoras porque se
aburren de tanto estar colgadas como simples ramas, se lo cuchichearon a las
piedras del sendero.
—¿Y por
qué no se lo contaron a los hombres?
—Porque
dicen que los hombres no saben apreciar el valor de lo que poseen. Dicen también
que los hombres son los únicos seres vivos en la tierra inmensa, que no saben
agradecer el don que El Ser Supremo les otorgó, el de poder hablar, pensar,
reflexionar, y hasta algunos cuentan que llegan a ser peores que los animales
salvajes. Bueno, eso es lo que las piedras del sendero dicen que los otros
elementos de la naturaleza les contaron, para que pudieran decirlo a quienes les
preguntaran el por qué de los por qués.
—Abuelo,
¿y cómo será ese tesoro?

—¡Ah!
Traten de imaginar un gran campo verde, lleno de flores, de insectos que vuelan,
y la brisa que sacude y expulsa a los abejorros de entre los matorrales. Traten
de imaginar a la tierra, plana, inmensa, que va hasta el infinito y también
hasta más allá del horizonte, traten de imaginar que más lejos que el horizonte
aún, se hallan otros grupos de gente. Grupos grandes y pequeños. Grupos formados
por amigos y parientes, por abuelos y nietos, por padres e hijos. Cierren los
ojos y verán que la gota de agua los está esperando en un rincón del mundo. En
un rincón insospechado, ella se los dirá. Ella les describirá, o mejor dicho,
no, no les describirá nada, les dirá simplemente con su frescura y su sabor de
cristal, que el tesoro más grande que se halla escondido en esta inmensa tierra
¿a ver, quién puede decírmelo? No olvidéis que poseéis también vosotros un gran
tesoro. Que todos tenemos un tesoro, pero no sabemos agradecerlo al Ser Supremo.
¿A ver, pues?, ¿quién sabrá adivinarlo?
—Indícanos algunas pistas, abuelo —gimió una vocecita un poco
llorona.
—Sí, sí,
queremos pistas —repitió el coro de pequeñuelos.
—Pues,
piénsenlo, reflexionen, traten de andar en sueños, ojos cerrados, olfato y oídos
atentos. ¿Cómo se puede andar uno así? ¿Qué necesitamos para poder
hacerlo?
—Primero
tenemos que mirar las nubes —respondió una voz de entre el
corro.
—No estar
resfriados para poder oler el campo —agregó una más aguda y gangosa que apoyaba
lo que decía.
—Y poder
soñarlo todo bien bonito, no como las pesadillas, sueños bonitos, llenos de
colores y de perfumes…tartamudeó una morenita de grandes ojos rasgados y pómulos
de aceituna.
—Bueno,
ya están que se queman. ¿Qué tesoro será aquel que nos permite hacer todo lo que
habéis dicho?
—¡Ya! ¡Yo
creo que lo sé! —exclamó, levantando la mano, el más grande de todos y que se
hallaba en medio del corro.
—Bueno,
dínoslo —le alentó el abuelo.
—Bueno, a
lo mejor me equivoco… pero, pienso que para oler, mirar, oír, pensar,
reflexionar y hablar… necesitamos vivir.
—Entonces,
¿qué es preciso tener? —insistió el abuelo.
—¡La gota
de agua! —gritó el más chascón de todos.
—¿Y qué es la gota de agua, para todos los hombres que la
buscan?
—¡La
Vida! —gritaron todos en conjunto.
—¡Ya, por
ahora el cuento está terminado! —respondió el abuelo poniéndose de
pie.
—¡Y,
colorín, colorado... —gritaron todos a la vez mientras salían dándose
empujones.
—¡Hasta
mañana abuelo, para otro cuento más!
El abuelo
atizó la lumbre. Afuera la tarde caía en flequillos tenues. Una torcaza terminó
su gorjeo antes de acostarse. Cuando el abuelo abrió la manta usada para
deslizarse en el colchón, una botellita de vidrio se iluminó en medio de la
oscuridad: recostada en el hueco de la cama, dormía la gota de agua.
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